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Angelina Muñiz-Huberman

Acerca de El final de los tiempos, de Manuel Capetillo

/ libro publicado en la colección "Luzazul" ,

de la Dirección General de Publicaciones

del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

/400 pp.

/ texto al que se dio lectura en Casa del Tiempo,

el día 11 de agosto de 1993,

publicado en "El Semanario Cultural de Novedades".

el día Domingo, 3 de octubre del mismo año:

Manuel Capetillo:

Más Allá del Final de los Tiempos

La obra de Manuel Capetillo se va labrando conforme a peculiares y sutiles hilos que bordan un cañamazo de antiguos símbolos, de ocultas tradiciones, de múltiples significados. Sus páginas son sabias, reposan en la meditación, eligen el lenguaje mesurado, el fluir de la palabra armónica, la expresión de los complejos niveles mentales. En esta reciente, El final de los tiempos, Capetillo erige una construcción propia que eleva el conocimiento metafísico a arquitectura ideal.

Las artes en torno a las cuales gira la obra son la poesía, la música y la arquitectura. Son auxiliares, la mística, la apocalíptica y la imaginativa. La geometría ocupa un lugar predominante cuyo centro es el cubo. La numerología basa sus explicaciones en el número ocho, que corresponde a los ocho libros comprendidos y a los treinta y dos capítulos presentados. Más que una obra literaria es una construcción de palabras que da como resultado un templo o un castillo. Es una construcción en permanente ascenso cuya aguja elevada y cuya torre mayor perforan las capas del cielo sin que se vea su fin. Es también, la creación de una ciudad ideal y de un paraíso recuperado.

Los temas apocalípticos no lo son de orden destructivo ni moralizante. Se dirigen a un periodo constructivo y presente basado en el amor, en los símbolos del Esposo, la Novia, la Amada. Los símbolos de la elevación espiritual se ejemplifican en el Castillo, la Montaña, la Escala, la Catedral, la Ciudad: "formas y formas intercambiables entre sí y respecto a cualquier otra forma" (p. 253), en palabras del autor. Es decir, prevalece un deseo de equilibrio acumulado y de manifestación de la belleza. Si bien son numerosas las apariciones de la Bestia, ya vencida, ya vencedora, así como sus metamorfosis, el presagio del fin de los tiempos se convierte en un esperado fin armónico.

El cubo, forma geométrica obsesiva para Manuel Capetillo, simboliza lo mismo que el cuadrado: la tierra y los cuatro elementos (fuego, agua, tierra y aire). Representa la estabilidad y el reino de las virtudes. Es, ante todo, una visión alucinante:

...una hoja cubierta con todas las palabras pasó frente a mi vista. En una letra pude observar un rasgo, y en ese rasgo vi la existencia del Universo y de lo que fuera del Universo ha existido antes de que los otros seres e4xistieran. Y vi una figura geométrica de seis lados paralelos y exactos entre sí, que desbordaron su continua perfección creciente, convirtiéndose la figura en un inexplicable cubo de ocho lados conformado por una luz espesa que me deslumbraba. Y en cada uno de esos ocho lados del cubo resplandecía el nacimiento de una ciudad que era todo y que era ausente, fuera de sí, ahí mismo y en sitios en los que jamás había sido trazada. Fue entonces cuando descubrí al hombre y a la mujer a mitad del desierto y de la selva, obscurecida la luz por la luminosidad absoluta que me impidió ver, de la realidad, las figuras. (pp. 33-34)
El cubo, en la simbología de Capetillo, parte de la existencia de la primera letra que da origen a la Creación. Los cuatro elementos formativos se convierten en la ciudad ideal que abarca en sí el todo y la nada. El cubo es origen de toda construcción, incluyendo la lingüística. En cada una de las caras del cubo surge una imagen, a la manera fotográfica, sobre la historia del hombre desde sus comienzos: la pareja primigenia en el todo y en la nada, en la selva o en el desierto. Luz y oscuridad se manifiestan como los opuestos esclarecedores y el principio del conocimiento. Finalmente, el cubo es elevado a la categoría de sacerdocio: "... los preparativos, / en torno a la mesa / de los sacrificios: / sacerdotes, / por el sacerdocio / del cubo." (p. 228)

Letras, elementos, principios de alquimia y de Cábala, lenguaje profético y apocalíptico se conjugan con recuerdos de infancia. El texto de Manuel Capetillo se desliza, así, de lo críptico a lo subjetivo y la combinación resulta doblemente compleja, pero también, emotiva, cercana. Aparece, por ejemplo, el perro negro de los alquimistas convertido en el compañero de juegos del niño, en reverso y anverso por las letras de su nombre: Wagner y Rengaw, estableciendo un paralelismo con el niño Manuel y el imaginario Leunamme. La figura del doble, como en la Cábala, remite a Metatrón (el mundo superior) y a Samael (el mundo inferior). Otro signo más del fin de los tiempos, cuando la inversión mágica de las letras marcará la destrucción del gólem.

El uso de las letras y la búsqueda del nombre se entrelaza, en la filografía de Manuel Capetillo, con la creación poética:

Al comienzo, la palabra crea desde siempre y para siempre a las palabras que lo nombran todo. (p. 171)
Por eso se escribe. Por eso las palabras a sí mismas se escriben sin interrupción. Para hablar contigo y decirte, diciendo tú y yo el nombre tuyo y el mío. (p. 175)

No tener un nombre, sino ser el nombre. (p. 190)

La escritura no cesa ni se interrumpe: su abstracción es su substancia. Las palabras son un remedo de la escritura propiamente dicha. (p. 245)

Me fue imposible, dado que no había tiempo, excepto para escribir sin palabras, en un instante, todas las escrituras. (p. 315)

Vi lo que me fue dictado. Y en lo que vi encontré al fin la escritura. (p. 383)

He querido escribir unas pocas palabras. Hubiera querido que esas palabras me escribieran. Estoy por acabar una parte de ese todo que es parte de la parte, y a pesar mío quizá haya ocurrido la Palabra. (p.384)

Para poder entender la amplitud de la palabra, Capetillo se vale de otros acercamientos al fenómeno literario. Uno de los más naturales es el del mundo de la música, también íntimo con la mística. La sinfonía Resurrección de Mahler se convierte en el tema musical por excelencia de este libro. Extiende la posibilidad expresiva ahí donde la palabra queda muda. Evoca el final de los tiempos con la abstracción y la espiritualidad que sólo logra la música. "En Mahler, ya muy avanzada la obra completa, dentro de la arquitectura compacta y disuelta de la Séptima Sinfonía, soy testigo de la frialdad apasionada. Tengo la impresión de que la pasión inexpresiva expresa más. Y aún falta que vuelva a escuchar la Novena, y el Adagio de la Sinfonía Décima, inconclusa: la abstracción inacabable y final, apunte de la pasión absoluta" (p. 336-337). Luego intervienen otros temas musicales que se refieren al mar, al agua, a la lluvia, a la Catedral sumergida, de Debussy. "En la ciudad submarina, la plaza principal se sumerge, hundiéndose más la Catedral." (p. 272) Y de los temas religioso- musicales, las melodías de Olivier Messiaen pueden escucharse en un entretejido ideal de naturaleza humana y divina. Es por eso que, para Manuel Capetillo: "El modelo por excelencia del cambio continuo es la música. Incluso la repetición musical cambia de carácter volviéndose objeto único por primera vez" (p.255)

El cine es otra manera de entender las vertientes de la interioridad y del proceso creativo por medio de imágenes crípticas y simbólicas, tanto como por la expresión del rostro y del cuerpo de los actores, o por los acercamientos y el ritmo lento. Por eso, directores como Tarkovski o Bergman apoyan el estilo de Capetillo en capas de profundidad, en imágenes místicas y en bellezas perversas.

Esa imposibilidad de la descripción total y simultánea que obsesiona a nuestro autor puede complementarse por la visión cinematográfica. Las imágenes y los símbolos místicos: la ciudad de arquitectura en ascenso, de pasajes en espiral, de cubos dentro de cubos. El agua que cubre las construcciones del hombre. La silla y los cadáveres flotantes son fragmentos del mundo onírico que se desplaza de escenas de Tarkovski y Bergman a las páginas que han de ser escritas. La ciudad se convierte en la Amada, en la Novia o en la esposa místicas. La Bestia reaparece en múltiples formas para anunciar el final de los tiempos. Hay una tendencia al sincretismo y a la universalidad de los mitos: bíblico, prehispánico, moderno.

Todo ello coincidente con un peculiar estilo en el que de una sintaxis castiza, puede haber saltos a usos propios del lenguaje en los que predominan la preferencia por el hipérbaton y hasta la influencia de la letanía latina con la colocación del verbo al final de la frase. ("... las palabras que de la visión proceden...", p. 305). Con frecuencia, el gerundio es utilizado como índice de acción no acabada, como deseo de continuidad ("... viniendo los sonidos de un lento trote desde la lejanía...", p. 281). De la frase breve, aforística, condensada, Capetillo, cuando así lo necesita, cambia el largo ritmo barroco, a la oración compleja y al párrafo extenso. El final de los tiempos es una obra que incluye en sí toda posibilidad expresiva, todo juego lingüístico, toda poesía quebrada. A veces, el fluir y la cadencia de San Juan de la Cruz contagian el texto: "¿Por qué quién comprende ni esto ni lo otro?" (p. 235). Otras veces, son las palabras enigmáticas de San Juan el apocalíptico. Pero, en el fondo, es la revelación del propio autor la que cuenta. Esos ocho libros que forman un libro que se arma y se desarma a lo largo de la lectura, que "ascienden y avanzan, y luego caen con lentitud, soportados por la calidez de la atmósfera." (p. 54) Manuel Capetillo ha creado una obra más allá del final de los tiempos.

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