De "EL SANTO SACRIFICIO"
de Comunión

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Vinieron por segunda vez. Estuvieron todos ellos a tiempo, sin tardarse, aguardando mi primera aparición, mi primer llanto, el anuncio de mis pasos tambaleantes. El movimiento de mis manos en busca del rostro de mi madre, y, antes que nada, el movimiento de su vientre, del cordón espumoso que nos estrechaba a distancia, con peligro y sin peligro de enredarse en la fragilidad de mi cuello.
Vinieron a calcular a mares los mares de mi mar amado. Los escuché a través de ese líquido transmisor de sus sonidos y de mis casi silencios.
Ahí estuvieron en fila, uno por uno, murmurando las contradicciones de mis esperas y de mis salidas. Vinieron en domingo a pasear conmigo en la Alameda. Y tuvieron que contribuir al transporte de las tinajas de agua hirviendo, no obstante que los menores de los hijos, mis hermanitos y vecinos más pequeños, apenas si podían sostener el peso propio, de sus diminutos cuerpos.
Y, al mismo tiempo, María de la Luz mira el interior del ojo de Carlitos, también difunto, y ahí se encuentra el interior encendido de Ángeles la madre, quien recibe en su profundidad la visita angelical de Rafael Ignacio, el saludador, y la visita de Rodrigo, el de abiertos ojos azorados. Y nótanse las huellas dejadas en el organismo de la madre por el hijo Ignacio Rafael, por Ángeles Luisa Ignacia, la hija mayor sobreviviente, por Alberto Ignacio, por José Ignacio, y por Antonio Ignacio, todos ellos acompañándose y acompañando a Rodrigo, éste sin ser Ignacio, no aún nacido, y, sin embargo, ígneo.
Sin anotar en el cuadernito de hojas sueltas, quedó escrito. Sin memorizarlo, quedó en el recuerdo. Las manos de mamá y las de papá y las de mis hermanos y tíos y vecinos y amigos, antes y después de lo posible, del conocimiento aún no sucedido, siendo manos unas con otras apretadas, hasta el sentido calor de la vida de Rodrigo que habría de transcurrir.

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Pero no se detengan los espíritus atentos en la creencia equívoca de una supuesta paz, que aconteciera bajo las apariencias de una verdadera guerra soterrada. No se evite la preocupación por lo que pudiera suceder, y que pronto sin falta ocurrirá, antes de que el alba tenga comienzo. Las piezas rotas de los carros de madera son juguetes atroces, bajo su aparente inocencia. Nadie piense en la imposible ausencia de jefe para las batallas. El líder ha sido preparado largamente, aguarda, sabrá revestirse con las ropas apropiadas, tomando con fuerza, en el preciso momento, las armas de su vocación definitiva. No nos llamemos a engaño. La sangre correrá como ríos que en cascada se reúnen, como si el mar fuera la fuente de la lluvia blanca de la espuma blanca de las blancas aguas en roja sangre convertidas, en sangre que emblanquece a los campos cubiertos de cadáveres, de niños y jóvenes y adultos y ancianos emblanquecidos igual que flores blancas en un domingo espléndido, iluminado por la cercanía gigantesca del sol en blancas llamas. El llanto, sobre todo el llanto de cada niño, quedará contenido por la fortaleza inesperada, las miradas atentas al horror de la muerte, sin comprenderse aún el sentido secreto de su victoria. Reconstrúyanse los destrozos de los carros de guerra, y dése fin a la terminante vocación de la vida, para que más vida haya en los crecidos bosques de la cumbre, intempestivamente nevada día tras día. ¡Guerrero, acude al campo de la muerte! Acompáñanos a recibir la lluvia blanca. Que el blanco pan descienda desde los cielos a cubrir las heridas de los que desfallecen y de los muertos. Que la blancura de las altas nubes se conjugue con la blancura de la sangre roja en la embriaguez de su vida blanca y la blancura amorosa del banquete.

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Tras la lluvia torrencial de balas incendiarias, las fachadas, cubiertas de cemento gris, de acabado rugosamente fino, ráfaga tras ráfaga, en parte por la violencia de la sucesión de disparos, y asimismo por los sonidos fuertes que entre sí sumaban estrépitos de estallido, a su vez todo aumentado por los truenos de la tormenta de otoño, dejaron caer trozos de recubrimiento sobre los pocos cuerpos que permanecían abandonados sobre el pavimento de rectangulares lozas de piedra igualmente gris, absolutamente destrozadas.
La sangre y el polvo se mezclaron bajo la intensidad del sol de la tarde y de la tenue iluminación de los primeros reflectores, opacada la iluminación por la nube negra y por su lluvia. Es un espacio de teatro, un escenario abandonado el patiecito de la privada francesa. El polvo rojo emblanquecido por la luz amarillenta compone formas fantasmales, que en cuerpos de polvo, escasos cuerpos, permanecen transfigurándose debido al viento, y a la luz, que se reduce debido a la creciente obscuridad de la tormenta.
Rodrigo, con extrema lentitud, alza la espada y la desciende, y a uno y otro lado la conduce, más que si fuera el momento propio agitado de una batalla desmesurada, el correspondiente al segundo tempo calmo, el de una sinfonía de movimiento sin prisa, detenido, el que diera lugar a los niños concertistas a obsequiar la vida en beneficio del noble cultivo de la guerra. Ellos son semillas de polvo destinadas a ser enterradas en el polvo. Necesitan agua para morir más, disueltos como podrido alimento de la tierra, para que ahí las raíces de las plantas vivas se extiendan, y del grosor y altura de los robles, cuyas copas enaltecidas rozan el cielo azul, donde el amarillo rojo del sol enardece los anhelos de cada cumbre. Rodrigo y los cadáveres de los niños aguardan el comienzo del nuevo día de la victoria.

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Han perdido la compostura de organismos y de substancias anímicas. De solidez carecen los vestigios borrosos de su pasado ausente. Sus nombres, comenzando por el nombre subalterno del guía segundo, son nombres no escritos, ni inscritos en los pergaminos de la piedra antigua. Se ignora cómo las letras de la palabra Rodrigo son pronunciadas. Y en el silencio de días y noches el eco de algo parecido a esos sonidos suena silenciosamente sonoro su signo celeste saturado de misteriosos desbordes.
Nombre a nombre es borrado el nombre aún no tenido. Y sobre las cumbres de los altos montes los nombres de los cráteres de las cimas múltiples, sobrepuestas unas más encima que las otras, reciben el nombre verdadero de Rodrigo que flota dentro de las substancias invisibles, las que una sola substancia no vista componen, cuando mamá Ángeles vuela sobre la superficie de la tierra.
Despierta. Una vez más su alma cobra conciencia dentro de la soledad de su cuarto, e imagina hablar con el marido, padre del niño por nacer.
-¿Será pronto? –pregunta como para sí misma, y con afanes de que el padre de familia escuche, aunque sea a distancia, en la oficina, o en camino, caminando rumbo a la hacienda. -¿No te gustaría ya que nosotros, y los otros niños, ya lo tuviéramos entre los brazos? Ve y pregúntales cómo les gustaría que se llamara. ¿A ti? Yo he pensado en el nombre de Rodrigo. ¿Te gusta? Ojalá puedas decirme que sí-, a lo que responde con exactitud un largo tiempo de silencio.

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Aquella vez fue traído, por dos de mis hermanos que ya jugaban, el anticipo del perro fiero y tranquilo, calmo no obstante la fiereza oculta de su raza. Con la cadena soldada al ancho collar metálico, mediante la ayuda de los demás hermanos, incluso de los dos muy pequeños, y del no nacido, y del campesino sordomudo ciego de La Encarnación. Todos, a la distante vista de papá Ignacio y del doctor Vigil, y de doña Natalia junto a su antiguo ropero de los recuerdos, una vez vuelto real y palpable el enorme perro, de una pieza, inmóvil, lo situaron junto a mi cuna, al costado de la cama de mamá Ángeles, quien inmutable dormía. El perro, quietísimo, me olfateó como sin olfatear, se diría que, de acuerdo a su creencia, con el propósito de no dar a conocer que estaba furiosamente vivo, simulando la primera petrificación de la muerte.
Comencé a verlo en la obscuridad. El perro era negro, de pelambre corta, untada a su huesudo cuerpo que engordaba tan solo al mirarme con sus ojos de hielo, cual espadas frías que penetraban hasta el fondo las ventanas abiertas de mi alma. Tuve miedo. Y los reflejos del miedo, esa sudoración de cuerpo entrecortado, y el natural erizamiento de los escasos cabellos, más la necesidad de llevar ambos pulgares a la boca, venciendo las manos, y todo el cuerpo, los temblores ligeros provocados por la angustia.
Aquel momento justamente fue instantáneo. No obstante, la sensación de sueño perverso marcó su huella, acrecentada, en las inquietudes de los días que transcurrían aceleradamente durante aquellos tiempos de neblina. Me refugié aun más en el interior de mamá, procurando olvidar. Apreté los párpados cerrados, translúcidos, y continué mirando la imagen del perro, multiplicada en perros que me vigilaban, acercándose a mi indefensión. Fue la primer vez que quise con todas mis fuerzas escapar a cualquier libertad de la llanura abierta.

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En Brujas vi a la distancia los molinos, y los almidonados tocados cortos y amplios de las mujeres y niñas emblanquecidas, contrastando con la vestimenta de los agricultores panaderos vinateros fabricantes de quesos La Holandesa, y recordé La frontera.
Cuando vi la flaca figura empuñando aquella lanza endeble en contra de la falta de mi escudo, yo sin que nadie a mi rededor hubiera para acrecentar mi defensa, llamé con todo el impulso de mi alma a mi señora. Mamá soñó que me acariciaba, calmando mi desasosiego, y el señor mi padre corrió por mí en cuanto pudo salir muy tarde, y desde tan grande distancia, de la oficina que tenía en el continente americano. Aunque, debido a que allá llovía intensamente, o prometía, pues comenzaba a lloviznar si acaso, prefirió mojarse en camino de la casa, sin arriesgarnos a nuestra pérdida en la remota y seca llanura, la que por la noche solía obscurecer con prontitud mayor. ¿Dónde es dónde, si lejos está tan lejos? Aunque se encuentre al alcance de la mano, de la pluma y de la lanza.
En el interior de las barricas de pulque, fuera la imaginación dormida, en ese constante estado de siempre despertar.